martes, 21 de mayo de 2013


El ocaso de los dioses 
Francisco Urondo 

No hay nadie en la calle, en los ruidos húmedos, en el 
vuelo de las hojas y mis pasos quieren reiniciar 
las maderas de la adolescencia. 
Pero todo está abandonado, no hay nada que pueda 
favorecernos; ningún aire de inconsciencia, ningún 
reino de libertad. Sólo hábitos tolerantes haciendo 
crujir nuestra memoria. "Ha estado bien", decimos. 
Dueños del incendio, de la bondad del crepúsculo, 
de nuestro hacer, de nuestra música, del único 
amor incoherente; soberanos de esa calle donde los 
tactos y la impresión hicieron su universo. 
Las sombras acarician aún sus veredas, tu mismo 
nombre y tu gesto son una forma nocturna que en 
esa constelación crece y sabe enrostrar nuestra 
culpa. 
Y todo termina con una esperanza, con una dilación 
–"ha estado bien"–, o en un bostezo, o en otro 
lugar donde es menester el coraje.




APARICIÓN URBANA

Oliverio Girondo


¿Surgió de bajo tierra?
¿Se desprendió del cielo?
Estaba entre los ruidos,
herido,
malherido,
inmóvil,
en silencio,
hincado ante la tarde,
ante lo inevitable,
las venas adheridas
al espanto,
al asfalto,
con sus crenchas caídas,
con sus ojos de santo,
todo, todo desnudo,
casi azul, de tan blanco.

Hablaban de un caballo.
Yo creo que era un ángel.


Fio&Mili

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